1.10.2014

La vida sexual de las figuras geométricas

—¿Cómo te explico? No tengo los conocimientos suficientes, no he pasado siquiera a la segunda dimensión y aún no acabo de entender este asunto de los 360 grados— dijo la pequeña circunferencia anhelando tener una esquina dónde ocultar su penosa mirada.

—Pero… hace no mucho fuimos de vacaciones a la página 146 del capítulo donde viven los ovoides. Ahí conocí y jugué con dos pequeños ovalitos; coloqué mi lado B, opuesto a mi ángulo agudo y, los pequeñines, primero subían por mi cara casi vertical hasta el final del vértice A, para después lanzarse sobre mi lado C ¡como si fuera una resbaladilla! Fue muy divertido porque mientras se desplazaban sobre mi recta, su semicircunferencia los hacía rebotar tan alto que casi se salen de la página, jajaja. ¡Anda vamos jugar!— le rogó Obtusito, el pequeño triángulo que no sabía nada de operaciones geométricas.

—Que no, te digo. 

—¿Pero por qué no? Ándale Circunferencia, no seas tan racional, vamos mientras llega el Autor del libro— de nuevo rogó Obtusito con toda la actitud positiva que era capaz de representar.

—Mira, tengo un número primo que es un travieso de los buenos y siempre resulta en operaciones erróneas o negativas. El otro día me contó que fue a donde todas las operaciones y figuras geométricas tenemos prohibido ir, sí, ¡fue a la página de respuestas!

—¡Noooo! ¿en seriooo?

—Afirmartivo, y me contó unas cosas dignas de las pesadillas más tormentosas de San Pitágoras. Por ejemplo, me dijo que existe un demonio llamado Bisectriz que siempre resulta de la necesidad de dividir a las figuras, líneas y ángulos, justito por su centro, justito a la mitad. Y la verdad yo no tengo ninguna necesidad de dividirme, de ser ahí, dos medios círculos buenos para nada. No, yo cuando sea grande quiero ser parte de algo muy importante, como la circunferencia de una mesa donde grandes personalidades discutan los magnos avances científicos o los peores conflictos internacionales. Y tú, con esos vértices tan filosos y agudos, representas un peligro para mi forma perfecta.

—Uy pues qué ñoña. Con esa actitud lo que te iría mejor sería tener cuatro lados unidos por ángulos rectos, sí, por cuadradoooota— contestó Obtusito ya resignado mientras se columpiaba sobre una curva de Bézier.

—¡Irracional, negativo, ordinal! ¡Eres tan… tan… fraccional! ¡Eso! Pero bien me lo decía mi padre el Compás: mi’ja, aguas con esos polígonos de tres lados que nomás tienen cara para sus tres segmentos y que, en su necesidad de contener una diagonal, son capaces de cualquier aversión matemática. Cuidado, son unos cerdos…

—Ña ña ña ña… pues que papá tan imbécil pero bueno, no se puede esperar mucho de una herramienta que sólo sabe trazar líneas gordas, como tú, jajaja— le contestó Obtusito muy ofendido por la trazadería de don Compás. 

—¡¿Gorda?! ¡¿gorda?! Gorda tu… tu… Pero ahora que llegue el autor del libro, verás, le contaré sobre todas tus groserías— exclamó Circunferencia deseando de nuevo tener una cara oculta.

—Sí, sí, sí, cuéntale todo, desde el cero hasta el mil romano, dile que te apesta el radio, que a tu diámetro le rechina la bisagra y que tu mamá es una guarra tangente que hace mucho no ves. Y también dile… 

—Muchachos, buenos días ¿qué están haciendo?— interrumpió A. Baldor, autor del libro.

—¡Autor del libro, gracias a Ptolomeo que ha llegado!— dijo Circunferencia relajando su forma para de nuevo tomar aire —este grosero, sólo porque no quise jugar con él, me ha ofendido como nadie, me dijo que…

—Ya, ya, ya. A ver, las instrucciones son: a) dejar de pelear. b) tomar las coordenadas en los cuadrantes asignados. c) fijar su a-tención en el punto cero. ¿Ya? Bien, ahora procederemos a la explicación — dijo A. Baldor, autor del libro, mientras acomodaba con rigor militar sus instrumentos de cálculo y medición. Sacó y acomodó de su portafolio de piel de cabra, dos libros: Aritmética práctica y especulativa, de Pérez de Moya y, Institutiones Philosophicae, ac Mathematicae ad usum scholarum piarum, de Corsini, Eduardi. Fijó a media mecha su lámpara de queroseno, entintó la puntilla de oro de su pluma y escribió:

La totalidad es un número entero compuesto por millonésimas fracciones. Así como la realidad palpable, así como las ideas e incluso los sueños, nada escapa a la fracción. Las aleaciones más sólidas no son más que compuestos de moléculas inertes, sin excitación ni deseo pero con una fuerte atracción que las mantiene tan juntas. ¡Ironía! ¡No, nada de eso! ¡Es ciencia no entendida! Es desconocimiento de las partes, la no comprensión resulta un insulto a la Unidad, al Uno origen de todo. Como estas simples figuras que, por su forma final, no comprenden que su constitución parte del mismo origen. No saben, no entienden que están hechas de lo mismo, que obedecen a las mismas reglas y leyes. Soberbias formas que desconocen a “la parte”, sin embargo…

—Ya, no lo tomes así. 

—Es que me dijiste gorda.

—Bueeeeno, estás redondilla eso sí, pero te ves muy bien. Y además así es tu naturaleza. Piensa que cuando seas grande todas las operaciones te verán como una figura muy compleja, guapita y sexy. Ya me los imagino “adiós, circulooote”, jejeje, no me hagas caso, así somos los triángulos de irracionales.

—¿En serio crees que soy bonita?

—Tan bonita como un plano en blanco, como el infinito, como una ecuación de tres incógnitas, la raíz cuadrada de un número que aún no han inventado. Tan bonita como para sustraernos, dividirnos, sumarnos y, por qué no, multiplicarnos. Anda, te invito a la portada del libro mientras el viejo sigue con sus cosas raras, ¿sí?

10.31.2013

Verde vida, verde fuerte.





Cuenta la leyenda que todas las plantas, por ser seres vivos, también son sensibles. Que si la intención es mantener un exótico jardín, un frondoso florero o unas bellas jardineras, macetas, etcétera, entonces será necesario mantener un contacto cercano con el herbaje y demás flora contenida; proporcionarles de vez en vez masajes higiénicos con un trapito pasado por un tanto de jugo de naranja y otro de aceite de olivo. Remover la tierra y hacer profundos agujeritos en ella para que el oxígeno, el nitrógeno y algún otro nutriente, tengan un fácil acceso a las raíces. Así también, será necesario hablarles directo a sus oídos porosos; decirles que para nosotros son muy importantes, que nos sentimos agradecidos porque su presencia enverdece o colorea –sea el caso que sea- lo gris del paisaje. Y sobre todo, nunca hay que olvidar mencionarles que ellas, más que las células o los neutrinos, son la verdadera unidad de la vida. Sin embargo, la ciencia dice otra cosa: todos los seres vivos somos la resultante de fenómenos físicos y químicos. Partículas agrupadas y en movimiento constante que producen otros fenómenos como la fuerza, el trabajo, el calor. En suma, los seres vivos somos energía en reacción. Y así tenemos que, creer que las plantas son susceptibles a nuestros mimos y palabras de confort, es algo de lo más estúpido. Porque acá entre nos, sinceramente creo que a una planta le da igual si le susurramos la palabra “hermosa” o la frase “pastura de pocamonta”; que toquemos los capullos recién nacidos, con tacto de madre o con jaloneos dignos de un hijodeputa; que una mañana mientras se asoma el señor sol bañemos con un delicado y dulce rocío las hojitas tiernas y por la noche o madrugada, las reguemos con tibios orines o pestilentes vomitadas. Por ejemplo, desde hace algunos años tengo contacto con un árbol de mandarinas. Desde siempre lo he procurado invirtiendo varias horas de mi tiempo en su cuidado. Quito la hierba mala, lo riego, remuevo la tierra y siempre que es temporada me como todas las mandarinas agrias. Alguien, una vez me dijo que era necesario cortar todos los frutos, que no tenía que permitir que se pudrieran en el árbol ya que esto provocaría un “desaire” en él, y para el siguiente año no produciría nada. Así que la recolección y repartición pasaron a ser parte de las prioridades, prioridades divertidas por cierto. Salía a medio día con varias bolsas llenas de mandarinas, pasaba con el don de la tiendita, el de la “pape”, con los hermanos carniceros, con la vieja gorda y odiosa de la tortillería, con los cerdos del sitio de taxis y los fines de semana, repartía entre conocidos y familiares los frutos del arbolito. Este año las cosas son diferentes. La papelería cerró, los hijos de la maciza y el tuétano se deshermanaron, la vieja de las tortillas se transformó en una adolescente que sólo sabe preguntar entre dientes “cuánto” y el arbolito dejó de regalar mandarinas. Ni una sola.

Debo decir que este árbol además de alimentarnos a la colonia y a mí, también ha sido mi amigo. En las tardes de calor y hartazgo de pantallas, teléfonos y gente idiota, salgo a fumar al cobijo de su sombra. Prendo un cigarro y fumo mientras espero ver cómo nace la primer mandarina. Sí, es algo estúpido, pero no niego que he pasado varios cigarros y tardes esperando tal evento.

En fin y pese a lo que dice la ciencia, creo que el arbolito, mi amigo, se ha contagiado de mis últimos meses de desesperanza. Reconozco que él tampoco quiere saber nada de brutos carniceros, codiciosas tortilleras, pervertidos motorizados y mucho menos, de ofrecer lo que nadie pide. Y aún así, a mí me hace feliz. Me muestra cómo seguir erguido en silencio y en medio de la hierba mala, al centro de un jardín casi abandonado. Soportando el peso del sol, lo irritante del viento, las meadas de los gatos vecinos y lo gris de todo. Así, con las ramas vacías como mis manos sin mandarinas.



5.29.2013

Húmeda epístola



Puedo apostar lo que sea a que piensas que esto es una más de mis tonterías. Una pataleta, un berrinche, un drama; otro acto lúdico para presentar ante una audiencia ciega mis lágrimas tan vistas y desgastadas, que de tanto, ya casi están secas. Pero no. Esto es algo entre tú y yo y aunque hayamos construido un mundo con cimientos de honestidad, empatía, bromas pesadas, revolcones pocos pero divertidos; admito que el primer tiempo de esta carta es para maldecir.


Reclamo
Me dejaste solo, me dejaste en medio de nada, en este lugar tan extraño como deprimente, tú sabes de qué hablo. Perdí a mi compadre de parrandas. Perdí al entrañable confidente que nunca conoció la palabra mentira pronunciada con mi voz. Perdí las llamadas telefónicas que me daban los buenos días, el “provecho” a la hora de la comida y los “cómo nos extrañamos”, muy de madrugada y quedito. Ahora, todo el tiempo que invertí en compartir contigo lo uso para llorar y estar solo.  Sí, tengo mucho tiempo libre y mi rutina ya no se complica buscando la forma y ni pretextos para verte de frente, para intercambiar alientos, para sentir lo calientito de tu pecho en mi espalda por la mañana. ¿Ves? También me dejaste todo el frío, dejándome con la pérdida del único enemigo que hizo todo por comprenderme, porque sabía que acá, encontraba lo mismo. Perdí a mi hermana, a mi Frida, a mi Afrodita, a la niña con la única que me reía; perdí una pierna, la fuerza, los brazos y también la cabeza; perdí el afecto, la esperanza. Lo perdí todo y me quedé con nada. Y eso no se le hace a nadie.

Negación
Sabes que soy el patrón de los más necios y empecinados. Sabes que no te iba a dejar ir así cómo así. Sabes que teníamos un trato nunca escrito, porque nos prometimos tanto. Por eso lo negué todo desde el primer instante y lloré como nunca para sentir que sólo era una pesadilla, pero con cada lágrima se escribía esa palabra que desde entonces lo significó todo: “falleció”. Pero a sabiendas de todo te llamé y nada. Te escribí y nada. Con los ojos ahogados salí a la calle, quería preguntarle a la gente, a los carros, a los perros, a las nubes si sabían algo de ti. Desee estar loco para poder afirmar que todo había sido producto de mi imaginación. Alguien me dijo “fue lo mejor, por fin tiene paz”. Imbéciles que no conocían tu aferre a respirar, tus orgasmos por tan solo despertar, tu miedo con el que alimentabas cada uno de tus suspiros, tus clases de baile y de joyería.  Tanta pulsión de vida que, saberte sin estar, fue algo imposible.



Hubiera / hubiese
Esta carta no sería de mí para ti, sin uno o varios “hubiera”. Qué hubiera pasado si no hubiésemos roto al año de ser novios, si hubiésemos sido maduros, abiertos y menos celosos. Qué hubiera pasado si te retenía, si no te dejaba ir con tu futuro esposo. Qué hubiera pasado si me fuera contigo. Qué hubiera pasado si mi actitud hubiese sido otra cuando me hablaste del hombre que te podría dar la seguridad material, tan importante en tu caso. ¿Qué hubiese pasado si no estuvieras muerta?

Hoy
A veces cuando pienso en ti, imagino que intercambio los papeles: tú la dolida y yo el muerto. Y creo que por tus maldiciones y reclamos mi alma no saldría libre del purgatorio.  Creo que podrías asegurar que escuchas mis carcajadas en medio del Infierno, entre gente que sólo hizo lo necesario para ser congruente con su vida y las personas a quien ama. Hoy, admito que mis reclamos son mentira, todos menos uno. Te reclamo que nunca me hayas dejado darte las gracias por tanto tiempo, por todas tus palabras, tus comas, tus puntos suspensivos y hasta los espacios en blanco. Agradezco tus regaños y tus llamadas feliz y borracha para decirme alguna guarrada, o que tenías el primer copo de nieve en tu palma; para decir que estabas cansada, que tenías frío o que simplemente ya no querías nada. Y aunque mi venganza era nunca dejarte en paz, hoy me contradigo: te voy a dejar ese lugar que siempre fue y será tuyo. Te voy a recostar muy despacito, te acomodaré la almohada, calentaré tus pies, besaré tu mano y te diré un cursi “te amo” al oído. Y te leeré esta carta hasta que te hayas dormido y estés muy cómoda en el infinito.

Y así, saldré por la ventana sin hacer ruido, sabiendo que algún día regresaré a donde todo tuvo inicio.


5.23.2013

Cuando uno no está



Sentía el cuerpo cortado tenía fiebre y ya no podía con la debilidad. Se fue temprano a la cama sin comprender el por qué y lo sorpresivo de su estado. Además, el día siguiente sería uno de los más importantes de su vida: se iba a casar.

Por las agudas punzadas que le taladraban el fondo de la quijada, despertó. Con la mano izquierda tocó su mejilla la cual, ya casi era del mismo tamaño que su cabeza.  Y el tiempo no era suficiente para ir al doctor y de ahí al registro civil. Así que no tuvo de otra. Como pudo se vistió de novio —no se bañó, por cierto— pero sin corbata y sin los tres primeros botones de la camisa abrochados debido a la inflamación.

—¡Carajo, qué te pasó! —preguntó Sandra, sorprendida al ver el estado inflamado de Jiu.

—Meshtoy qagando del dolo de la uta mela —arrastró Jiu mientras se acariciaba la mejilla.

—Jajajajaja, ay, qué cosas. Que eso te pase el día de tu boda no puede sino significar algo muy bueno —dijo Sandra muy convencida y feliz.

—Shhinga tu mdre.

Poco a poco fueron llegando los invitados, la mayoría amigos de la excéntrica familia de Sandra. Eran gente de rancho pero con mucho dinero. Eran nuevos ricos, de ésos que generan su fortuna a partir de un golpe de suerte, bastante ambición y mucha, mucha falta de madre.

—Para no hacerles el cuento largo y evitar conmoverlos hasta el llanto con una hermosa historia de amor en lugar de estar haciendo dinero con su valioso tiempo, sólo voy a decir que Sandrita y Jiu se conocieron en una de esas terapias para curar la locura, donde mija, conmovida por la trágica historia de su hoy casi esposo, quedó profundamente enamorada y, este señor, al ver la hermosura de mijita, que espero no sólo se haya fijado en sus bellas nalgas, también se enamoró. Así que tienen mi bendición. Señor juez, ya puede decir eso de si aceptan o aceptan —así pronunció su elegante perorata don Alfredo, el padre de Sandra.
Justo en el momento que Jiu pronunció el Shhí, asheeto, supo que estaba tomando la peor de todas las decisiones de su vida. Pero ya no había vuelta atrás, no contra esa familia. No con ese dolor de muela que casi lo desmaya. No con su desprecio por el trabajo honrado y su debilidad por la vida fácil.

 
***

No pasó ni un año cuando Jiu ya estaba hasta la madre de su vida de casado, de trabajar y de soportar a una mujer que, por sus diversas “actividades”,  ya ni siquiera se cogía.

Sí, de nuevo todo su plan había salido mal, muy mal. Sandra había estudiado una licenciatura en sociología y tenía una maestría sobre el valor del trabajo en la América Latina del siglo XIX o algo así. Y tales estudios, más que su familia, le inculcaron los valores con los que dirigía su vida. Por ejemplo, la regla contundente y que hizo que nada funcionara, fue no aceptar ni un solo peso de su familia, porque ellos, la joven pareja de esposos, eran personas preparadas que con sus medios saldrían adelante, decía convencida Sandra, que todos los días iba al club a “trabajar” buscando clientes entre sus potentadas amistades que necesitaran algún servicio de arquitectura, el oficio de Jiu.
Por la carga de trabajo y para evitar la estancia en su casa, Jiu pasaba los días y a veces las noches enteras en el despacho. Bastaba con telefonear a Sandra para avisarle de ausencia y listo. Ella nunca ponía objeción porque sabía que el éxito sólo se logra con mucho trabajo y esfuerzo.
—Mi vida…

—Ahora qué.

—¿Cómo?

            —Perdón corazón, es que estoy muy distraído pensando en el proyecto de Hernández.

            —Ay, ni me lo recuerdes. Hubieras visto qué trabajo me costó convencer a su esposa ¡tres días de jugar canasta con ella! No se los deseo a nadie.

            —Claro, te entiendo. ¿Pero qué me querías decir?

            —Ah sí. Hace quince días llegó una nueva familia al club. Son los Martínez, son muy amables y trabajan para el gobierno, sabes. Pero bueno, ayer la pasé todo el día con la señora Martínez; le mostré las partes secretas del club, fuimos al spa, a comer y total, hice tan bien mi trabajo que ya te conseguí una cita con su esposo. Dice que ahorita, por fin del sexenio, el gobierno anda gastando un chingo de dinero y tienen muchos proyectos. Cómo ves.

***
—Mira, no quiero algo muy elaborado, con que tenga puertas, ventanas y cagaderos está bien, jajajajajaja.
—Claro, claro, señor Martínez. El cliente siempre tiene la razón —respondió Jiu queriendo decir chinga tu puta madre viejo de mierda.

—Pero en serio, ya sabes cómo son estás mamadas de las licitaciones donde hay que entregar a tiempo y en forma, tanto la cotización como el proyecto. Porque si no, a mí me meten en un gran pedo y yo a ti, te rompo la madre. ¿Estamos?

—Señor Martínez, no tiene de que preocuparse, está hablando con un profesional.

—Eso mi chingón. Ahora ya sé por qué el putito del Alfredo no te puso ningún pedo. Salú.

Tres días antes de la fecha de entrega Jiu y Carla, su nueva asistente, habían terminado con el proyecto.

—¡No mames! Creí que nunca íbamos a terminar —exhaló Carla.

—Uta, y justo a tiempo. El don de la tienda me dijo que hoy en la noche los pendejos de la compañía de luz van cortar la corriente, porque van a cambiar el transformador de la esquina.
—Ay qué suerte.
—Sí. Y oye ¿no quieres tomarte una chela para festejar? Yo invito.

Así, juntos salieron al súper a comprar cerveza, velas y un paquete de condones, porque ambos sabían que en algún momento de la noche, la oscuridad los haría suyos.

—Por favor ¿puedes poner los planos y la cotización en el piso, allá en aquel espacio junto al baño? Bien extendidos para que no se maltraten —pidió Jiu mientras esperaba que Carla moviera los planos que estaban sobre el restirador, y poner las cervezas encima.

No pasó ni una hora cuando el ruido de los trabajadores de la compañía de luz entro por la ventana junto con el apagón. Carla, por ser tan joven, lo tomó como algo muy romántico; emborracharse con su jefe, después de terminar el primer proyecto de su vida y a la luz de las velas, era algo bonito. A Jiu no le gustó tanto. Nunca le había gustado coger con la luz apagada porque se perdían muchos detalles de los cuerpos, de la ropa interior, o de los gestos que hacían las chicas cuando las envestía.

—¡Ay, no hay agua! —gritó Carla desde el baño.
Jiu fue a la cocina, abrió la llave del lavabo y lo confirmó.

—No importa, déjalo así. Porque ni cómo decirle al portero que prenda la bomba —contestó Jiu.

A la mañana siguiente despertaron crudos pero bien cogidos. Jiu se levantó y fue a orinar. Lo hizo, y también comprobó que aún no había llegado la luz. Regresó al sillón donde todavía roncaba Carla y, aprovechando la luz del medio día, la destapó para ver qué se había chingado anoche. Ver esa fina silueta color puerquito bebé, hizo que Jiu de nuevo se excitara. Comenzó por besar su cuello y bajó muy despacito por esa lisa y calientita espalda, hasta casi llegar al culo. Cosa que ya no hizo porque en ese preciso momento el grito de ¡hijo de tu pinche madre! de Sandra, lo interrumpió.

Por la falta de corriente eléctrica tampoco el teléfono funcionaba y le fue imposible avisarle a Sandra que esa noche no llegaría. Pero más que nada, ya estaba harto de informarle a su mamá postiza qué sí y qué no estaba haciendo. Por otro lado, Sandra estaba preocupada por la entrega del lunes y al no recibir la llamada de Jiu, fue hasta el despacho donde lo encontró a escasos centímetros del culo de otra mujer. Fue un desastre. Sandra se lanzó con toda su furia sobre Carla, quién como pudo, se vistió y salió corriendo mientras Jiu hacía su mejor para contener a la bestia vestida con indumentaria Nike. Cuando los humos le bajaron a Sandra, decidieron ir a la casa para hablar más tranquilos sobre el fin de la relación.

Jiu sintió alivio. Fue como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Se sintió tan recuperado que esa misma noche junto algo de sus pertenencias y se las llevó al despacho.

Pero la felicidad es como una puta fina que se sube y baja los calzones a capricho, dicen. Cuando Jiu llegó al despacho lo primero que hizo fue caer de rodillas. El agua de la inundación se mezclaba con sus lágrimas, mientras veía pasar un plano flotante y desdibujado. La luz había llegado y con ella el agua, la suerte de una llave abierta y la desgracia.

5.03.2013

Dos de nada



Siempre me ha gustado ver a los perritos callejeros; corren, corren, corren, escapan, buscan, persiguen.

¿A dónde van con tanta prisa y determinación?

También observo a las parejas. Veo que comparten muchas cosas: frustración, soledad, sueños de TV, vacío, ignorancia, egos... pobres de sus hijos. Pero más pobre de mí, que los tengo que ver.

Y, es que últimamente siento que alguien me robó mi juguete preferido, ese al que los niños llevan a todas partes: a paseos, al colegio, a esas tardes de pasto, gritos y lodo. Siempre lo quieren presumir, quieren que el juguete haga una diferencia en ellos. Creen que el juguete va a cambiar algo en sus vidas, creen que ese objeto con precio definido les otorgará un lugar especial en el mundo de la imaginación. Y sí, lo creo, porque en el mundo de los adultos eso se llama status: lujosas casas, lujosas ropas, lujosas esposas, lujosos pensamientos, lujosas mierdas. Por eso mejor prefiero nada en lugar de una mierda radiante.

Hoy, intenté dejar de caminar como perro callejero. Sin prisa, sin ese paso presuroso hacia ningún lugar. Miré el mi camino y lo disfruté. Observé lo que nunca había visto, lamentablemente, hasta hoy. Me gusta ver los muros cuarteados, despintados, cada segundo acercándose al derrumbe. Me gusta ver los rostros también despintados por los malos tiempos invertidos en nada. Me gusta ver todas esas vidas juntas, tiesas y apiladas; cómo caminan al paso, cómo todos en la misma dirección, y mientras decido si llorar o reír, pienso en ellos como una jauría de perritos callejeros; juntos, en par, en tríos, separados, solos

Y me encantaría haber hecho algo pero el paisaje derrumbado me llevó a otro lado: mientras luchaba por romper con la estricta formación de los perritos presurosos, una música lejana invadió mis ojos. Era muy bonita ¿quién la toca? ¿por qué aquí, para ellos? ¿música para perritos? seguramente será otro perrito que sabe tocar muy bien el chelo. En fin, en mi búsqueda de ese perrito musical encontré mi cama: aunque aún hecha bolas, estaba limpia como nada, inmensamente blanca e inmensamente sola. Me gusta porque es mía, y no como un objeto barato, sino como una hoja de papel donde se han escrito las más cruentas batallas, los más bonitos poemas, las más tristes cartas de suicidios fallidos, recetas de cocina, notitas para no olvidar y cartas de despedida.

Y así, como el más feliz de los niños, vine corriendo a presumirles mi nuevo juguete.



3/5/10

5.02.2013

Blanco terminal




Sirenas de fondo, pisos pulidos, blanco por todos lados, iluminación constante y permanente, voces pronunciadas por altavoces solicitando la presencia de tal familiar o tal médico, asientos cómodos y televisores casi sin volumen.



—Hola, ¿vienes por tu deadline, o viniste a ver si ya están repartiendo las prorrogas? —me interrumpió Valeria con media sonrisa. 

—¿Perdón? —así me sacó de mi cuaderno de notas y pregunté intentando mostrar sorpresa. Ella había llegado hace diez minutos y la vi de reojo desde el primer momento. Era guapa. 

—¡Ay, lo siento no me digas que es tu primera vez! —dijo sorprendida al ver mi fingida sorpresa y cambió su gesto cínico por uno apenado. 

—No te preocupes, no soy nuevo y también creo que eso de morir, es como cuando una excelente puta te obsequia una buena mamada —contesté con una risita al final. 

—¡Dios, no lo había visto de esa forma! pero en mi caso, me quedo con la sorpresa y le resto lo de la puta y la mamada. Porque sabes, no concibo la idea de comparar un orgasmo con el momento de mi muerte. Me da miedo —respondió con la mirada fija sobre sus manos mientras las frotaba con ansia. 

—Ay, te digo que sí ¿qué nunca has escuchado esa canción que dice: la vida comienza llorando y llorando se acaba? —le pregunté haciendo modos de payaso para que recuperara el ánimo. 

—Sí, le he escuchado, pero qué tiene que ver. 

—Pues lo contrario, que la vida comienza con un orgasmo, y así debe de acabar ¿o no lo crees? —le dije mientras con mi dedo índice le picaba las costillas. 

—¡Eres un tonto! —me dijo al soltar una carcajada. 

—Oye ¿a qué hora tienes tu cita? —pregunté cuando terminó de reír. 

—¡Ay ni me digas! La pedí a las ocho para que no se me hiciera tarde y la enfermera me dijo que el doctor viene retrasado una hora ¡una hora! —parecía que esperar las malas noticias la ponían muy ansiosa; miraba su reloj, se tocaba el cabello y toqueteaba rápidamente el piso con la punta del pie. 

—¡Uy! una hora es mucho tiempo. Y todo para que cuando llegué te diga: señorita… por cierto ¿cómo te llamas? 

—Valeria. 

—Jiu, un gusto. Entonces, el doc te va a informar que te queda un año de vida, menos una hora, jajajajajaja —lo dije sin poder evitarlo. 

—¡Oye, qué grosero eres! 

—Lo siento, perdóname por favor —supliqué manteniendo la risa a raya. 

—Nah, no importa. Es lo que es y lo que hay —dijo mientras se convencía de sus palabras. 

—Pff, ni que lo digas, te entiendo perfectamente ¿fumas? 

—Noooooo, ¡¿tú sí?! 

—Claro. Anda, fuma, te vas a divertir. Además pronto nos vamos a morir, qué te preocupa. Y la azotea del hospital tiene una vista hermosa, vamos —insistí. 

—¿Tú no eres el diablo ni yo estoy muerta, verdad? —me preguntó emocionada. 

—Si fuera el diablo, te aseguro que tú y yo estaríamos en Viena tomando chocolate y dándonos de besos y no aquí, en esta sala de espera, sentados mientras el estúpido que conoce las fechas de defunción, anda en no sé dónde. 

Era un hospital de veinte pisos, y el área a la que tuvimos acceso tenía enormes aparatos de aire acondicionado que acentuaban las fuertes corrientes de aire. 

—Viste, está bien bonito —le dije mientras hacía una seña para que apreciara el amplio y ventilado piso. Después saqué un porro y lo prendí. Di una, dos, tres fumadas y le convidé, lo acepto titubeando, pero al final hizo lo mismo. 

A los tantos minutos le dije que nos recostáramos en el piso para ver las nubes. 

Hice una especie de almohada con mi chamarra y se la ofrecí para que estuviera más cómoda. 

—Oye… —la traje desde el cielo. 

—Ay, no, ahora qué —preguntó divertida y con curiosidad. 

—¿Follas? 

—Siiiiiii… 

—¿Y ahora quieres follar? 

—Nooooo…. 

—Ándale, ya sabes que… 

—Sí, sí, sí, ya sé que vamos a morir… 



Regresamos de la azotea fumados, follados y contentos, hasta aparentábamos ser lo que éramos: un par de venticicoañeros sin preocupaciones en la vida. Y la idea de la muerte, por unos instantes, se había esfumado. Bueno, más su idea que la mía. 

—¡Valeria, te ofrezco mil disculpas! El tránsito en esta ciudad es una caos, por favor, pasa al consultorio —le dijo el doctor Herrera, mientras se ajustaba la bata recién puesta. 

—No se preocupe doctor, sé lo que es vivir en esta ciudad —Valeria me dio un beso en la mejilla y me dijo al oído que me veía al salir de la consulta. Avanzó al interior del consultorio y antes de perderse, giró su largo cuello y me cerró un ojo. 

—Jiu, una de las reglas es que no debes de tener ningún tipo de contacto con los pacientes. Y lo que acabo de ver entre Valeria y tú, va más allá de eso. Desde este momento queda cancelado tu servicio social en este hospital. Lo siento. 




4.26.2013

Sueño prenatal


Uno entre millones, me debería de sentir afortunado, porque eso muchos lo pueden llamar suerte. Por ejemplo, si fuera la lotería, sería el premio gordo, pero no, soy el desenlace de un calentón, de una puñeta que corrió con suerte y le atinó. Soy el resultado biológico del encuentro entre dos bestias follando en una lejana llanura, en el asiento trasero de un auto, sobre la cama cubierta por sábanas percudidas de cualquier hotel de paso. En la sala de la de la tía más persignada, decorada con carpetitas bordadas y figuras de porcelana … Soy, lo que de haber tenido conciencia y decisión, no hubiese decidido ser.


—¡Ay, manita, y ahora qué vas a hacer!, ¿el Vitola ya sabe? —Preguntó Rosa, compartiendo la angustia de Carolina. 

—¡No, nadie sabe! nomás tú, Rosa. Es más, ni siquiera sé si el chamaco es del Vitola. Porque también puede ser de Paco. 

—¡Dios bendito! ¿Segura que no te llamas Zorraida? 

—No me juzgues, manita, Dios sabe que todo lo hice por amor. 




¿Todo por amor? Esta gentuza debería de vivir con la noción de que el amor no es para los pobres, para los mediocres, ni para los frágiles mentales. Y, si tanto dicen creer en Dios, bien les convendría saber que reproducirse bajo estas condiciones, es un pecado, un insulto a la existencia. Pero claro, ustedes sigan amándose, que yo aquí espero a que ese falso afecto, algún día los mate. 




—¡Golazo, mi Vitola!, ¡eres un picudo!, ¡cómo te la bajaste de pechito y zaz! Esos valedores ni se la esperaban. Y nomás por eso yo pongo las caguamas, ¿o prefieres monear? 


—¡Te juro por la virgencita santa que el chamaco es tuyo, Vitola! Además, sabes que soy una mujer decente, y que nunca me he metido con otro que no seas tú. 

—¡Ya, Carolina! Al rato tengo partido y me estás ensuciando la playera con tu moqueadera. Y si dices que el chamaco es mío, pues ni tos, nos la rifamos. Nomás te advierto que si sale güero o prieto como la chingada, me pierdes, Carolina, me pierdes. Y ya, lánzate por el pomo, que al ratito voy a festejar nuestro compromiso con los muchachos. 

—Sí, mi vida. 


Bastardos. Qué otra muestra de la inexistencia de la justicia divina, que mi presencia. Porque cada vez que escucho a mis futuros padres, confirmo que esto se debería de nombrar crueldad, y no vida. Vida la de los insectos y demás alimañas que tiene prohibida la necesidad de exigir, que con sus pares de patas y cientos de ojos pueden hacer suyo el mundo. Y no como uno, que se mantiene a la caza de migajas y desperdicios. Luchando contra todo y en desventaja. 




—Mamá, me voy a casar. 

—¡Ay, qué bueno, m'ija! porque ya no alcanzan los frijoles. Oye, ¿y quién es el afortunado? 

—El Vitola, mamá. Y justo de eso te quería hablar: queremos vivir aquí, contigo. 

—¡¿El Vitola, el vago drogadicto de las canchas?! ¡y aquí, conmigo, de parte de quién o qué! 

—Ay, mamá, y de parte de tu futuro nieto. 

—¡Bendito! 


Humillación, tragedia, oscuridad, muerte, destrucción, violencia; probablemente, si reúno a todas las palabras detestables en este pequeño espacio y logro que forniquen entre ellas, se reproducirán como moscas, será una poderosa plaga que se alimente de mis entrañas, pero principalmente, de mi aversión a esta vida no deseada. Sin embargo, sé muy bien, que ellos, este líquido que me rodea, estas tripas que me decoran, este cuerpo que se engendra dentro de otro cuerpo pútrido, y Yo, dejaremos de ser lo que somos para convertirnos en la pesadilla que nunca nadie soñó, ni quiso ser soñada.

1.31.2013

La famosa guerra de la uretra

—Mierda, tan sólo a dos pasos para llegar a la cama —se dijo mientras consideraba la idea de rendirse y quedarse justo ahí. Pero no, se arrastra, triunfa sobre la borrachera y duerme. Sueña. Entre ronquido y ronquido llega la brisa, las olas, los gritos y los rayos del sol en forma de nubes negras. Está en la playa de Normandía y es un soldado de bajo rango, en el inicio el día “D”.

¿Por qué un soldado? A él no le gusta la milicia, ni las armas y mucho menos entiende los motivos de la guerra; dar la vida por defender la Patria, por el hermano, el ciudadano. Ni siquiera siente odio por el enemigo, es más, ni siquiera tiene enemigos. Y la vida es muy valiosa, dice. Por eso él siempre ha preferido dormir, hacer nada: un lugar oscuro, cómodo y acogedor siempre será su trinchera. Pero sabe que es un sueño y tiene que estar a la altura, así que sin más, desciende del armatoste flotante hacia un mundo en guerra. El fuego de las balas es múltiple y cruzado tanto, que la arena quema al igual que la ardiente lava roja de tanta sangre viva. Por todos lados hay retazos de muertos, bombas sin explotar, mochilas llenas de lonches sin comer, armas cargadas sin tirador. Pero él, es un soldado que tiene sueño y la lluvia de balas le importa poco. Encuentra un hoyo poco profundo entre varios cuerpos destripados, que le parece un lugar perfecto para ver el atardecer. Se instala. Con la punta de su arma aparta vísceras, huesos y pedazos completos de ser humano. Se recuesta sobre aquel mar de sangre y con el rostro hacia el cielo saca un cigarrillo, lo coloca en sus labios, levanta cinco centímetros el rostro y deja que las potentes ráfagas de fuego hagan su trabajo sobre la punta del cigarrillo. Fuma.

Pasa el tiempo, pasan las balas, los muertos, pasa todo, incluso pasa la noción de él mismo y el escandaloso peligro que le rodea. No sabe qué hace ahí, está confundido, hace unas horas estaba en su casa, buscando la mejor forma de perder el tiempo, al igual que hace algunos años, cuando estaba buscando la mejor forma de existir. La pesadumbre lo regresa a su estado, a su sueño rodeado de muertos, de peligro y de unas inmensas ganas de orinar. Sabe que no hay salida, sabe que cualquier movimiento brusco significa la muerte. Pero también sabe que tiene estilo y dignidad; no será un soldado cualquiera que muere por cualquier causa. Así, que decide ser el soldado anónimo que murió por orinar. Con mucho cuidado, baja el cierre de su pijama verde militar, saca el miembro, piensa en enfermeras bélicas cubiertas con uniformes cortos, blancos y manchados de sangre, todo con el fin de lograr una erección, y orina. Parece una hermosa fuente de jardín en medio de aquel caos. ¡Es hermoso! antes de terminar con la meada, levanta un poco más las caderas para exponer al miembro orinante a la ráfaga de fuego, y ser herido de muerte ¡justo en la cabeza! los colores, los ruidos, el dolor de la herida y el placer de la meada se entremezclan y sabe que es el final. Está seguro de que le harán un monumento, de que por él, izarán la bandera a media asta, de que a su la familia le entregarán su medalla de honor, pero sobre todo, de que cuando bebe de más, tiene que orinar antes de ir a dormir.

1.25.2013

Flatus vocis*


I


—De cabrones te lo digo, esa pinche vieja tenía el culo más chingón que haya visto. Estaba bien firme, de piel tiernita, de ésos que a ojo de buen culero sabes que son sinceros nomás por nuevos. Que transmiten confianza porque nunca te van a mentir; un culo divino cerca de Dios y de San Pedrito.— dijo el Zancudo mientras terminaba de rolar la mota.

—Híjole, es que eres bien pendejo, Zancudo, ¿cómo dejaste que te topara la tira? Yo de güey me quedo después de hacer mi desmadrito, la neta.

—¿Por qué crees que me dicen el Zancudo, pendejo? Porque yo pico y ahí me quedo. Me gusta ver la jeta de esas perras; como quedan satisfechas y bien serviditas las mendigas. Algunas lloran y gritan, pero eso es cosa que un buen putazo siempre puede arreglar.

—Jajaja, te la mamas, pinche Zancudo. ¿A poco si les gusta a las viejas que te las chingues así nomás porque se te antojan?

—¡A huevo!— Contestó el Zancudo con el humo contenido en los pulmones.

—Y más a esa pinche Marianita, que siempre se vestía con unas falditas bien cortas y pegadas, nomás pa' enseñarme sus patotas y ese culo. Y además que no mame, todos los días pasaba por la caseta y me decía "buenos días". Y yo no soy pendejo, yo sé cuando una perra quiere pelea. Y yo le di lo que quería pero se me fue la mano, y al final ya nomás quería que se callara la pinche vieja, y pues se me hizo fácil.

—Tara, tara, tara, tara.— La macana del celador y él se hicieron presentes.

—¿Están platicando chingón, o les traigo un cafécito? Pendejos. No están en un pinche hotel, órale, a dormir, cabrones.




II


«Surgí con la vida y moriré con ella. Soy aire, y en él existo. Soy uno y soy todos. Permanezco dentro y fuera de ustedes. Su presencia me es necesaria pero no indispensable, porque son lo que yo decido que sean, y no viceversa. Sus órdenes cívicos y morales me dan el énfasis necesario para transfigurarme en un bochornoso estruendo o en un desaire sin importancia. Tengo la autoridad para delatar la humanidad de cualquier cualquiera; princesas, reyes y vagos. De doctos e iletrados, de nobles y desleales. El hombre me conoció desde el inicio de su conciencia; me adjetivó, me indagó y me categorizó en esos resquicios de la individualidad, de lo personal. Puedo ser sulfuro, puedo ser azufre, puedo ser metano o puedo ser oxígeno. Puedo ser cada uno o puedo ser todos juntos, porque eso sí se los dejos a ustedes.»



III



—¿Ya tienes el varo?

—Pues ya casi todo, mi nalga me va a traer lo que falta el mismo domingo.

—No, cabrón. Te dije bien claro que el varo es primero y todo junto.

—¡Oh! Es segurísimo, no hay falla. Le dije a mi vieja que me trajera lo que falta o que me iba a chingar a toda su familia, no hay pedo, neto.

—Va, ya’stás, y pues mira, la movida está así: el domingo después de la visita familiar nos vemos en la lavandería. Ya hablé con el Teniente Romo y le dije que en el último pinche motín picaron a dos de mis ayudantes y que ahora necesito más gente para mover los trapos de la toda la perrada. Y acá entre nos, a esos dos yo me los achicalé por putos rajones, y nomás te lo platico para que veas con quien te estás metiendo, güey.

—No hay fijón, mi Cachetón, el Zancudo es leña y la neta, ya me quiero mover de este pinche congal.

—Pues cámara, valedor, así le hicimos.

Terminaron el trato y cada uno de los hombres siguió por corredores diferentes para guardarse hasta el domingo, el gran día, el gran día de la gran fuga.

—Mira lo que te traje, mi amor. Mi abuelita hizo unos frijolitos con chicharrón y lentejitas, como te gusta. Y también pasé a comprar unas tortillitas de maíz azul. Ándale, mi amor, come.

—Sí, ahorita. ¿Trajiste el varo?

—Sí, esta sema me fue re bien. Conchita, la de la bonetería ¿te acuerdas de ella?

—Nel.

—Ella hace la limpieza en un edificio de por Polanco y me dijo que unas doñas necesitaban que alguien les echara la mano, y pues ahí voy. Y mira, hasta me alcanzó para dar la mordida y pasar tu curado de huevito.

—Te rifaste, reina, todo se ve rebueno, como pa’ celebrar, ¿no? A ver, déjame tragar…

El Zancudo termino hasta las moronas del manjar que le había llevado su esposa y la despidió. Aún faltaba bastante tiempo para llevar a cabo la fuga, decidió tomar una siesta y reposar los alimentos.

«He dicho que soy amo del infortunio, del ridículo y la vergüenza. He dicho que los hombres son lo que yo quiero que sean. Coexistir desde que la vida es vida me confiere lo divino. Juzgo y sentencio. Quito y doy.»

—¡Ay, cabrón! Pinche Susana, pues qué le echó a los frijoles, ¿o será el curado?— Dijo el Zancudo al despertar por el intenso retortijón.

«Hombre, estoy aquí, en el peor de los momentos. Y así, tanto la situación como tu el infierno que se gesta en tu vientre son míos. Tu destino depende del aire, de la presión, de la química y de mi capricho.»

—No, no mamar, esto está cabrón. No me puede dar chorrillo justo ahorita, justo hoy.— El Zancudo se lamentaba en el servicio, sentado mientras la libertad y la vida se le iban en forma de intensos chorros y estruendos.

«Hombre, esto es el inicio. Organizo los elementos para decidir tu destino. Invoco a las fuerzas naturales de la vida para terminar con la tuya.»


—¿Qué te pasó, Zancudo? Te ves bien pálido, cabrón.— Preguntó el Cachetón al ver lo que quedaba del inhumano Zancudo acercándose a la lavandería, al punto de fuga.

—Vale madre, mi Cachetón, la comida de mi pinche vieja me hizo mal. Estuve en el baño por media hora completita, viendo como la pinche vida se me iba por un hoyo. Pero ya no hay pedo, estoy bien. Tú dime cómo la armamos.

—Pues va. Todo es muy sencillo: lo único que tenemos que hacer es meternos en esas bolsas de ropa y estar muy quietos por un tiempo hasta que llegue el camión de la lavandería. Después, ya quedé con unos compas, ellos nos van a subir al camión y dar la orden de salida. Así nomás, sin pedos.

—Suena muy fácil, mi Cachetón, a ver si no nos la aplican.

—Oh, con dinero todo es fácil, Zancudo. Ora, métete a la bolsa.

Y así, sin mayor truco, ambos se embolsaron y quedaron a la espera. No pasó mucho tiempo cuando llegó el camión, de él bajo un hombre que sólo podía ser lo que parecía: un trailero, grande, de ojos amarillos, apestando a sudor y con la ropa llena de grasa. Prendió un cigarrillo y sin despegarlo de los gruesos labios, les dijo a los ayudantes que subieran las bolsas, empezando por las más pesadas. Él era parte de la fuga.

«Según la humanidad y su ciencia errónea, no formo parte de los seis, sin embargo también soy gas y también soy noble. Soy castigo y soy venganza. Y por ser lo que soy, y ser lo que eres, yo te condeno.»

—Puta madre, no ahorita. No… shhhhhhhhhhhh— El malestar estomacal le regreso al Zancudo de forma incontrolable. Era algo increíble, parecía un gran tanque de gas con una gran fuga. Todo comenzó a desbordarse; el gas, los líquidos y las fuertes punzadas. El sudor frío lo dejó ciego, el oxígeno se terminaba, el miedo calló al dolor pero no a la desesperacíon. Como reacción química incontrolable, la inflación aumentó hasta que empezó a mover las bolsas que estaban por encima. El chofer se percató del movimiento, dio una calada más al cigarrillo y sin apagarlo, lo arrojó sobre el bulto inflamado…

«Soy sonrojo, soy vergüenza y soy justicia. Soy aire, soy fuego, y no conozco el tiempo.»

Al día siguiente los diarios más amarillos daban la noticia como principal en sus encabezados: “Fuerte explosión en el Penal”, “Presunto prófugo queda despedazado por explosión”, “Los pedos sí matan”.



*flatus vocis, expresión latina que significa ‘soplo de voz’.